Acaban de editar Just A Day hace unos días y en mi casa todavía ronda por el reproductor el estupendo Hollow Heart y por la innombrable plataforma On A Golden Shore que tambiénhe escuchado infinidad de veces. Antes de deshacerme en elogios con su reciente entrega es justo hacer lo propio con Hollow Heart. Descubrí este disco de casualidad al escuchar un podcast sobre los mejores discos de 2022. La canción que incluían en el mencionado espacio era Ava que abre de forma magistral el álbum. La primera banda en la que pensé fue Pink Floyd aunque luego el disco no tenga mucho que ver con Gilmour y cía. Pero esas guitarras me dejaron noqueado. Fueron la puerta de entrada a un disco especial, plagado de bellas armonías vocales que se sumergen sin rubor en una especie de country cósmico ideal para esos molones atardeceres de verano.
El impulso inicial con Ava es descomunal por todo, el sonido de las guitarras, las armonías vocales, ese pedal steel tan bien puesto... Una maravilla. Eso es empezar a lo grande, la canción termina por todo lo alto y se va a los cinco minutos de forma mágica. Black Light Night es otra canción redonda servida sobre unos elegantes teclados y con las guitarras de Richard Olson y Patrick Ralla perfectamente conjuntadas. Absolutamente prendado con Weep & Whisper, adorable ese piano inicial conjuntado con la pedal steel (Joe Harvey-Whyte). Country cósmico campando a sus anchas con toda la elegancia del mundo. Radio On es la típica canción que de pinchar en cualquiera de las tiendas de discos en las que he trabajado recibiría si o si al minuto de sonar, la indefectible pregunta de, perdona que es lo que está sonando. Un single matador. Pero es que pienso exactamente lo mismo de The Ballad Of Whatever May Be...
Hollow Eyes, Hollow Heart marca cierto viraje sonoro, más psicodélico, igualmente inspirado. Un comienzo evocador, pausado que da un giro al llegar casi a los dos minutos para coger un vuelo encantador. No entra a la primera pero la recompensa es de órdago. Recuerdo que cuando escuche la primera vez You´re So Free pensé en Band Of Horses, excelente referencia la que no hago ascos en absoluto. Todas las canciones están a un nivel muy alto y otro ejemplo de claro single que triunfaría en otra época es I Don´t Wan To Feel So Bad Anymore con la guitarra de doce cuerdas reinando a todo trapo sobre órganos juguetones. El cierre con Red Autumn Leaf es perfecto. Juega con los sonidos como la inicial Ava, se va perdiendo en envolventes círculos sonoros. Qué ganas de verles en un Antzoki. Tuve la fortuna de presenciar su descarga en el DalecandELA Fest pero es que ahora mismo son una de mis bandas favoritas, sus últimas cuatro rodajas son impolutas.
Voy a manchar este cochambroso blog escribiendo sobre fútbol. En realidad no, es más profundo el tema y me interesa única y exclusivamente desde el ámbito sociológico. Resuelta esa duda que te corroía las entrañas, querido lect@r, relájate y disfruta. Hoy se juega la semifinal entre Inglaterra y Argentina. Se me ocurren pocos países donde el balompié sea más popular. En ambos territorios se desata la locura hasta límites insospechados. A los argentinos les prefiero en el basket. Por más de un millón. Ja, ja. Inglaterra me ha ganado por una noticia que me comentó ayer Su y es que los jugadores de la mencionada selección donan toda la pasta gansa que ganan defendiendo los colores de su país a causas benéficas. Música para mis oídos. Y dudo mucho que otras selecciones hagan lo mismo. Pero me encantaría rectificar. Juas.
Profundizo un poco más en el tema y el asunto no es tan idílico como pensaba ya que lo que donan los jugadores es la tarifa básica de dos mil libras esterlinas que perciben por encuentro. Es decir, esa cifra va directamente a las cuentas de las organizaciones benéficas con las que colaboran pero las grandes sumas que percibiesen si ganasen el Mundial las negocian con la Federación Inglesa y entonces ahí el asunto queda a discreción individual. Puaff, qué chasco. Era demasiado bonito. Rasco un poco más y consulto cuántas veces a lo largo de la historia se han dado casos similares de donar lo que se gana a causas benéficas tanto de forma individual como colectiva. Me llama la atención el caso de Mbappé que en 2018 donó la totalidad de sus primas de juego y el bono por ser campeón del Mundo a una ONG francesa que organiza actividades deportivas para niños hospitalizados y con discapacidades. El jugador francés dijo lo siguiente: Representar a mi país es un honor, no necesito cobrar por ello. Toma esa.
Ayer vi el partido de Spain contra Le France. Hacía que no veía un partido de fútbol entero desde el 8 de julio de 2014 cuando Alemania le metió un baile descomunal a Brasil en su casa. Buenas risas me eché aquel día con mi amigo Rober. En fin, ayer disfruté de un partido de fútbol acudiendo totalmente virgen al mismo porque estoy absolutamente desconectado del balompié sin tener ni puta idea de los jugadores que forman parte de ambas selecciones. No sabía donde jugaban la gran mayoría, excepto Mbappe, Oyarzabal y Unai Simón. Los demás nada de nada. Ayer reconozco que lo disfrute y que aunque lo veía más por el morbo y el trasfondo sociológico que por el partido en si, me sorprendió el nivel de Spain que dominó por completo a una Francia que partía como favorita. Por supuesto tras el partido vino la retahíla habitual de declaraciones grandilocuentes de representar al país y tal, banderitas por allá y por acá. Por estos lares al personal le gustan más las pulseritas y las banderitas que hacer como Mbappe, juas. Money, get away....
La gracia de un partido de estas características desde mi perspectiva es el morbo que me genera cada vez que juega la selección española y por estos lares y se escucha al personal celebrar a grito pelado los goles de la Roja. Eso es algo que hace veinte o treinta años no pasaba, al menos no tengo esa percepción. Y que conste que me da igual, allá cada cual, mientras haya respeto no le veo ningún problema a eso como tampoco a reivindicar una Euskal Selekzioa. El problema por aquí suele ser el respeto, siempre. Durante el partido el WhatsApp echa humo. Me jarto a reír con los comentarios de un ilustre familiar de ascendencia italiana muy hábil para provocar al sector abertzale de la family, ja ja. Y me acuerdo de la anterior vez que vi otro partido entero en su compañía y de mis sobrinos pequeños en el mundial de 2006. Menudas risas me eché viendo el Italia Francia en el que Zinedine Zidane le arreó un cabezazo a Marco Materazzi. No se me olvida el apellido Materazzi. Donaría alguien pasta en aquel mundial. Lo voy a investigar...
Ardo en deseos de conocer como vivieron el choque de ayer un par de amigos futboleros. Uno ubicado en un pueblo de tradición abertzale en Gipuzkoa, el otro en el mismo barrio que mi ilustre familiar de ascendencia italiana. ¿Se escucharían celebraciones del gol de Spain en la Gipuzkoa profunda? Estarían los txokos a reventar de gente, cerrados a cal y canto, sufriendo en silencio las acometidas de Oyarzabal... Por cierto qué bueno es. Como otros cuantos que no conocía de la selección española y me parecieron extraordinarios: Rodri, Dani Olmo, Cubarsí o el Cucurella ese que estaba en todos los lados... Pero la gran pregunta es, ¿donarán la pasta para contribuir a la mejora del país que tanto aman? En fin, hoy con Inglaterra, lo tengo claro.
La obra de Stephen King ha sido llevada al séptimo arte en innumerables ocasiones. Tal vez abunden las adaptaciones mediocres pero la excepciones son tan buenas que compensan con creces los posibles desvaríos. En lo más alto de mi escalafón figuran: Cadena Perpetua, Cuenta conmigo y Misery. Hay otras películas inspiradas en sus novelas o relatos que también merecen mucho la pena como Carrie, La Zona Muerta o La Milla Verde. Un lugar aparte ocupa El Resplandor de la que el propio autor reniega y en la que tuvo un enfrentamiento constante con su director Stanley Kubrick. Todo lo contrario que sucedió el año pasado con La vida de Chuck, adaptación de una novela corta llevada a la gran pantalla por Mike Flanagan y que contó con el beneplácito del escritor norteamericano que se deshizo en el elogios con la película considerándola una de sus mejores experiencias con el cine. Y estoy más que de acuerdo con King porque La vida de Chuck me tiene loco desde que la vi hace una semana. Si alguien no la ha visto que no lea esto y se ponga ya porque además a continuación hay spoilers.
El film está estructurado en tres actos y comienza con el tercero. La historia está contada de atrás hacia delante pero está tan bien hilada y de una forma tan original que no sólo es que ese hecho no importe sino que se convierte en una baza perfecta, ganadora. Una vez entras en su universo y vas desentrañando la trama la recompensa es magnífica en todos los sentidos porque se trata de una obra cinematográfica en la que brilla la dirección y montaje de Mike Flanagan y las soberbiasinterpretaciones de todo el elenco, sin excepción. Hay muchas secuencias maravillosas, emotivas y con un innegable atractivo visual. Yo caí rendido con una en concreto que tiene como protagonistas a Tom Hiddleston,Taylor Gordon y Annalise Basso. Hasta ese momento la película me estaba gustando, a partir de ahí me fascinó. Algo hizo click de forma arrolladora hasta el final.
He de reconocer que el tercer acto con el que comienza la película es extraño, desconcertante a la par que sumamente atractivo a todos los niveles. Esa primera parte está teñida de un tono apocalíptico con un mundo a punto de irse al garete y con los protagonistas deambulando sin rumbo, con un cierto halo fatalista. El mundo se va a la mierda y cada uno lo lleva como puede. En este acto el protagonista es el personaje interpretado por Chiwetel Ejiofor, excelso por cierto. Sus reflexiones acerca del universo y su forma de comportarse y de encarar la vida están cargadas de verdad y honestidad. Como todos los demás personajes no puede dejar de preguntarse quién es la persona que aparece en unas misteriosas vallas publicitarias donde se agradece a un contable común llamado Charles Krantz por 39 grandes años. Un elemento misterioso que se irá desvelando en los siguientes actos.
En el segundo acto tiene lugar la escena clave de la película que no tiene desperdicio. En este tramo conocemos la vida adulta de Chuck (Tom Hiddleston) un contable que al parecer lleva una gris existencia trabajando en algo que no le apasiona como la gran mayoría de la población. Pero un día camino del trabajo se detiene frente a una artista callejera, una baterista (Taylor Gordon) y a su ritmo comienza a bailar en plena calle. Pronto se le une una desconocida (Annalise Basso) y se marcan un número musical excitante y rompedor que consigue llamar la atención de los viandantes. Se nos apunta la idea de que Chuck tiene un don para la danza, una pasión que le inculcó su abuela, aspecto que se desarrollará con maestría en el primer acto. El baile es un oasis de creatividad y comunión entre personas dentro de lo que parece ser una gris existencia.
Por último el primer acto es en el que se nos muestra la infancia de Chuck, una existencia en la que la mala suerte se ceba con el protagonista que pierde muy pronto a sus padres y que es criado por sus abuelos, magníficos tanto Mark Hamill como Sarah Krantz. A pesar de la fatalidad y de la continua adversidad el film nos muestra cómo el protagonista encuentra en el baile una pasión inculcada maravillosamente por su abuela. La música tiene un papel primordial en la educación de Chuck y el personaje de su abuela es uno de los más carismáticos que he visto en mucho tiempo. El film está plagado de reflexiones sobre la existencia, el paso del tiempo, las decisiones que tomamos en nuestra vida, las renuncias, las relaciones con los demás, la importancia de encontrar almas gemelas, el papel que juega la memoria, el carpe diem, los pequeños tesoros que se puede encontrar en lo cotidiano... Una película especial, que me ha sacudido de arriba a abajo y que voy a ver de nuevo en breve. Lo sé.
Entre los muchos aciertos del film está la elección del casting. Es una película coral en la que el elenco actoral brilla a gran altura. Especialmente acertada me parece la elección de los diferentes actores que dan vida a Chuck en la infancia (Benjamin Pajak y Cody Flanagan), adolescencia (Jacob Tremblay) y edad adulta (Tom Hiddleston). Incluso los actores que tienen un papel secundario, casi un cameo como Carl Lumbly o Samantha Sloyan dejan su huella indeleble en la película. Es también fundamental el uso de la voz en off, todo un acierto que corre a cargo de Nick Offerman. En definitiva una película que paso desapercibida en su estreno en salas pero que con el boca a boca y su llegada a plataformas digitales ha logrado darle la vuelta a su destino y tiene todas las trazas de convertirse en un film de culto. Brindo por ello.