A riesgo de parecer un excéntrico de mucho cuidado confieso que lo que más me gusta del trabajo, con una diferencia abismal respecto a lo segundo, son las vacaciones. Cuantas más mejor. De hecho he ido a personal con toda mi humildad a solicitar que nos las aumenten, que haya más días de asueto y de libre disposición. No me han hecho caso pero no pierdo la esperanza. Esta primera tanda de vacaciones he disfrutado de la costa cantábrica; dame un playa de cuatro o cinco kilómetros, la dichosa plataforma cuyo nombre no voy a mencionar aquí ni por un millón de dólares y que me subvenciona mi hermana, fruta y buena compañía y podría batir un récord mundial de permanencia en tales menesteres.
Mis pies se posaban en la arena de la playa a las 08:30 o 09:00 de la mañana y tira millas. Los cuatro zumbados de todos los días terminábamos saludándonos. Ya traía unos cuantos discos que me han llamado poderosamente la atención y se le han sumado otros cuantos. Disfrute total. Banda sonora espectacular para le mejor época del año. Días largos, buen tiempo, soleado la mayoría pero alejados del terrible bochorno del Botxo. Lo escrito podría batir un récord de días consecutivos en tal tesitura, pero ¡no me dejan! Porca miseria. Que me quiten lo bailao. Y todavía quedan tandas y verano.
De hecho aquí está la segunda tanda. Sin horarios, sin presiones, sin tener que ir a tal o cual lugar. Es indudable que el tiempo transcurre de forma diferente cuando no estás trabajando. Y es mucho mejor, créeme. Ninguna duda al respecto. Si de habitual estoy enfrascado con abundante material musical, literario y visual en vacaciones se multiplica por mil. Es mi forma favorita de disfrutar el tiempo... El menda no concibe el mundo sin sumergirse todos los días en la cultura, en continuo remojo. No hay negociación posible y no habrá paz para los malvados.
