lunes, 26 de enero de 2026

Lucinda Williams. No compartas con nadie los secretos que te conté

Hoy cumple setenta y tres años Lucinda Williams. La primera vez que escuché su voz fue en You're Still Standin' Therela canción que cierra I Feel Alright, mi álbum favorito de Steve Earle. Es una interpretación espectacular; Lucinda pronuncia cada palabra de su estribillo de una forma atrayente y sensual a más no poder. Caí rendido y junto a su versión de Return of the Grievous Angel junto a David Crosby para el disco tributo a Gram Parsons sigue siendo una de mis interpretaciones favoritas de su larga carrera. Apenas dos años después del disco de Earle llegó el que cambió la vida de Lucinda, Car Wheels On A Gravel Road. Con ese álbum logró el reconocimiento de la crítica y unas ventas considerables, las mejores de largo de su trayectoria. Está claro que hay un antes y después tras su edición..

De todo eso y mucho más escribe Lucinda Williams en No compartas con nadie los secretos que te conté editado por Liburuak hace tres años. La vida de esta cantante oriunda de Lake Charles no fue un camino de rosas y como bien indica en varias ocasiones es puro gótico sureño con los habituales ingredientes del género: abusos sexuales, racismo, conservadurismo rancio, oasis de libertad en medio del caos... La cantante nos cuenta de forma ágil, sin ínfulas literarias pero con determinación y sin andarse por las ramas como fue crecer en un hogar en el que su madre estuvo casi siempre incapacitada por su enfermedad mental y en el que su padre lidió con el asunto como pudo. Y no siempre de la mejor manera. Desde muy pequeña Lucinda tuvo que apañárselas por su cuenta y eso marcó su carrera y forjó su carácter. 

Hasta que se asentó Lucinda llevó una vida nómada, de aquí para allá debido al trabajo de su padre. Vivió en Louisiana, Georgia, Utah, Nueva Orleans, Chile o México... Eso de no ser de ningún sitio y de todos a la vez. Puede que eso le viniese bien para picotear en diferentes estilos musicales y para comprender diferentes formas de vida. Aunque la música siempre estuvo ahí, tardó mucho en asentarse en un negocio plagado de machos alfa pagados de sí mismos y con escasa empatía por las mujeres. Lejos de amilanarse, Lucinda se hizo más fuerte y a base de perseverancia consiguió labrarse una carrera musical consistente y terminar siendo una de las cantantes y compositoras más admiradas del mundillo musical. Tuvo que lidiar con mucha mierda en ese sentido y lo cuenta con desparpajo y una rabia contagiosa. 

No sabría por dónde empezar para enumerar mis momentos favoritos. Me quedo con una chica que admiraba a su padre, el poeta Miller Williams, que en la infancia de Lucinda celebraba fiestas literarias en su hogar y que a pesar de vivir en muchas zonas segregadas no se amilanaba ante los racistas. A Mr Williams no le importaba recibir insultos y amenazas, tenía amigos negros y les ayudaba en una época muy sórdida para tales menesteres. De hecho una de las personas más cercanas del padre de Lucinda fue George Haley, hermano del autor de Raíces. Uno de los abuelos de Lucinda interpretaba los textos religiosos de forma revolucionaria y se convirtió en un cristiano radical favorable a los sindicatos apoyando a las personas más necesitadas. Todo lo que cuenta sobre él es fascinante. 

En el plano musical las disquisiciones de Lucinda son muy interesantes. Me encanta cómo explica la búsqueda de su propio sonido en cada disco. Y me fascina cuando entra en detalles sobre la industria musical, en cifras concretas de los contratos que fue consiguiendo... Y es que la cantante de Lake Charles compatibilizó muchos años trabajos de todo tipo (¡desde dependiente en tiendas de discos hasta vendedora de salchichas en supermercados!) La primera luz en las tinieblas llegó cuando fichó por el Rough Trade Records, sello británico de punk que a finales de los ochenta había abierto una pequeña sede en San Francisco. Le ofrecieron un adelanto de quince mil dólares para grabar el disco, el homónimo y muy recomendable Lucinda Williams en el que figura Crescent City que se coló en la banda sonora de Northern Exposure, Doctor en Alaska por estos lares. 

Tras ese disco Lucinda siguió en muy buena onda con el muy estimable Sweet Old World de nuevo en perfecta sintonía con Guf Morlix (guitarrista y productor del álbum) hasta que su relación colapsó cuando grabaron el imprescindible Car Wheels On A Gravel Road. En ese momento se produjo una fisura entre ambos insalvable, tanto que muchos años después siguen sin dirigirse la palabra. Es más Lucinda regrabó el disco Sweet Old World en 2017 retitulándolo This is Sweet Old World. Ni idea de porqué hizo eso pero me quedo con el de 1992. A partir de la publicación de Car Wheels On A Gravel Road todo fue sobre ruedas en la carrera de Lucinda. Es muy interesante también todo lo que cuenta sobre Essence con la aparición fundamental de Bo Ramsey y Charlie Sexton a las guitarras, Tony Garnier al bajo, Jim Keltner a la batería y las imprescindibles armonías vocales de Jim Lauderdale

Su siguiente paso fue igual de excitante variando su sonido y dejando aflorar insospechadas influencias. De hecho cambió su equipo colaborativo y en World Without Tears es Doug Pettibone quien se encarga de las guitarras con Taras Prodaniuk al bajo y Jim Christie a la batería. Todo lo relacionado con este álbum es fascinante y rompedor y la propia Lucinda se hace eco de una reseña escrita por Ann Powers (página 214) que es de lo mejor que he leído en mi vida sobre la música de Lucinda. World Without Tears conforma junto a Essence y Car Wheels On A Gravel Road una trilogía imbatible.

Como no podía ser de otra forma en toda biografía hay un lado Cuore. Ahí estoy en mi salsa y animo a Lucinda a que nos cuente más. Sus relaciones con diferentes músicos y personas cercanas al negocio podrían dar para otro libro. Y como no, el momento álgido son sus escarceos con Ryan Adams. Menuda pareja. Ese momento en que Lucinda se medio enrolla con Ryan y en la fogosidad del trance le muerde el labio saliendo el amigo Ryan despavorido... Tela. El único fallo del libro, más bien de la traducción es cuando se nombra mal a Jesse Malin en la la página 233 (de mi vieja amiga Jesse Main, que era la vocalista de gran banda de punk neoyorquina D Generation). Espero que en las siguientes ediciones lo hayan corregido. 

No puedo pasar por alto como cuenta Lucinda su encuentro con Bruce Springsteen en la gira de Devis & Dust. Con pase de backstage conocieron al músico de New Jersey que luego les invitó a cenar y cuando Springsteen se despidió, el que ahora es marido de Lucinda Tom Overby se acercó y le dijo: Vi una entrevista tuya hace muchos años en la que decías que el rock´n roll se coló en tu casa y te arrancó de ella, y solo quería decir que tu hiciste lo mismo por mí. No estaría aquí sentado si no fuera por ti. Ahí se enamoró Lucinda de Tom. Que no te digo que me lo mejores, iguálamelo.